Un manto de auga invernal cubre os camiños de Camariñas

Chega o inverno a Camariñas e un manto eterno de auga xélida cubre os camiños, os campos e as almas e entón un non pode evitar lembrar as palabras do mestre de Iria Flavia, aquelas de "chove mansamente e sen parar, chove sen gañas pero cunha infinita paciencia, como toda a vida, chove sobre a terra que é da mesma cor que o ceo, entre blando verde e blando gris cinzento". Porque chove, en efecto, pasado o Día do Pilar a auga empeza a caer sobre  a terra e o mar, sobre os pinos, os eucaliptos, os carballos e as figueiras, especialmente sobre estas últimas, chove sobre seres humanos que se aventuran polos camiños xélidos da mañán así como sobre un pobre canciño impertinente e ladrador,  tan alleo aos pecados deste mundo, chove sobre os enlamados camiños do Cotariño  tanto como sobre os que pasan a rentes do mar, pedregosos e tan destartalados nos Areais de Reira, chove infinitamente sobre todo un Concello que ca chegada do inverno, un inverno máis, queda anegado nun diluvio de frío e auga e entón, claro, un non pode evitar lembrar as sabias e fermosas palabras do mestre laureado pola Academia Sueca alá un lonxano día do ano do Noso Señor de 1989.

"Llueve mansamente y sin parar, llueve sin ganas pero con una infinita paciencia, como toda la vida, llueve sobre la tierra que es del mismo color que el cielo, entre blando verde y blando gris ceniciento, y la raya del monte lleva ya mucho tiempo borrada.
- ¿Muchas horas?
- No; muchos años. La raya del monte se borró cuando la muerte de Lázaro Codesal, se conoce que Nuestro Señor no quiso que nadie volviese a verla.
Lázaro Codesal murió en Marruecos, en la posición de Tizzi-Azza; lo mató un moro de la cabila de Tafersit, según lo más probable. Lázaro Codesal se daba muy buena maña en preñar mozas, también tenía afición, y gastaba el pelo colorado y el mirar azul. A Lázaro Codesal, que murió joven, no llegaría a veintidós años, ¿para qué hubo de valerle manejar el palo como nadie, en cinco leguas a la redonda o más? A Lázaro Codesal lo mató un moro a traición, lo mató mientras se la meneaba debajo de una higuera, todo el mundo sabe que la sombra de la higuera es muy propicia para el pecado en sosiego; a Lázaro Codesal, yéndole de frente, no lo hubiera matado nadie, ni un moro, ni un asturiano, ni un portugués, ni un leonés, ni nadie. La raya del monte se borró cuando mataron a Lázaro Codesal y ya no se volvió a ver nunca más."

(Mazurca para Dos Muertos, Camilo José Cela).

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